"El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza." Arturo Jauretche.

25 de abril de 2011

Llorar, putear, seguir.

por Juan M. Frangoulis ( CPP )

Lloré en la tumba del Che en Santa Clara; con la muerte de Néstor también.
A gran viejo lo vi llorar, además, con la muerte de Nicolás Casullo y Elvio Vitali.
Todos nos entristecimos con la partida de Adolfo Castello y Mario Benedetti.
Un gran uruguayo, al que siempre me costó definir –diremos de él que es un cronista de los indignados- supo decir que sólo nos quedaba el silencio; yo, un poco más joven y menos sabio (seguramente) preferí putear a la muerte. Huesuda, de guadaña en mano y vestida de recuerdos.
No hay nada más triste, por lo menos en esto, que recordar, pues es afirmar la ausencia. Ojala nos siguiesen llenando la memoria de futuros recuerdos.
Milagro Sala (de quien prefiero no hacer una valoración, aunque profeso admiración por mucho de sus logros) dijo-preguntó, frente a las cámaras, con una lágrima que se columpiaba en sus ojos: “¿por qué la alegría para los pobres dura tan poco?”.
La mierda, qué bronca (Pedro y Pablo).
Un día, espero más temprano que tarde, llegará el hombre nuevo, atravesando (¿acaso será con machete en brazo?) los campos, las ciudades, el neoliberalismo y el horror.
Mientras, tenemos que construir esperanza, multiplicar sueños, ser el Quijote para pelearnos contra los molinos de realidades impuestas. Nunca debemos dejar que nos naturalicen lo evitable: la pobreza.
Este es un país que redujo pobreza, indigencia, que por vez primera en los últimos treinta años otorgó aumentos jubilatorios (garantizados por ley), se llamó al Consejo del Salario, se –casi- cuadriplicó el presupuesto en educación en relación a su participación en el PBI, se consiguió que los derechos comiencen a ser para todas y todos (recuérdese: asignación universal por hijo –ampliado también para embarazadas-, ley de matrimonio igualitario, ley de medios, jubilaciones de ama de casa y más); se recuperó la caja más importante de la seguridad social, se aumentó –e hizo real- la participación en las empresas en las que el pueblo argentino es socio; el desendeudamiento del país, el crecimiento sostenido más largo e importante de la nuestra historia; un país que recuperó identidad, desde lo que en términos simbólicos implica el feriado de la Vuelta de Obligado hasta las más de doscientas Casas del Bicentenario que se abrieron a lo largo y ancho del país; y la justicia, Corte Suprema de Justicia y derogación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, pasando por el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad o discutir la seguridad y la policía (para dejar de hablar de la “maldita bonaerense”…gracias, Duhalde, por la herencia).
Tanto más se hizo; tanto falta.
No hay logros adquiridos, por lo menos no como patrimonio colectivo definitivo.
La derecha es la derecha. Acecha.
La que paró el país por más de cien días, cuando se quisieron discutir la redistribución de la renta diferencial y extraordinaria de los pules de siembra sojeros y comenzó a hablarse de soberanía alimentaria (conflicto con los sectores concentrados de la economía agropecuaria), la que te tira una muerte en un hospital o moviliza a miles como ocupas –jugando con la necesidad y el sueño de la casa propia-, la que hace un atentado a Norberto Galasso en su casa, lee la Nación o Clarín y no se banca Paka Paka o las clases de filosofía en Encuentro.
La derecha que crea el “Peronismo Federal” con la mafia del conurbano bonaerense –como buen unitario- o te pincha el teléfono y caga a palos a los “trapitos”.
No todo, de la puerta para adentro, es color de rosas (nunca entenderé por que el rosa, no estoy de acuerdo).
Nos falta más redistribución; una política ambiental a largo plazo y recuperación de recursos naturales, sobre todo minería (algo se hizo contra la deforestación y los glaciares), ley de entidades financieras y participación de los trabajadores en la plusvalía, ambas en agenda, y tanto más.
Sin embargo, no seamos románticos, ingenuos o cómodos; no se logrará si sólo se lee el “Página” en el desayuno o se ve en la cena “Seis, siete y 8:00” (actividades que por cierto, y como comienzo, recomiendo); debemos sumarle a esto militancia, que es un poco más que “hacer bien las cosas desde mi lugar”. Es un compromiso con y por el otro, es acompañando desde los barrios, las villas, las calles y las plazas, a este modelo, para que sea más latinoamericanista, más popular, más justo.
Esto no es simplemente una declaración de principios, meras divagaciones de un trasnochado o pseudo intelectual de café. Por el contrario, es la declaración de una tarea de mucho trabajo, sacrificio y, todavía, alegría. Pensar el Estado, no como tres poderes, sino como población, territorio y poder; a sabiendas de que somos, por lo menos, pueblo, por ende, parte del Estado, no individuos atomizados, postmodernos, que reclaman viajar a Miami o Tinelli para todos; de que esa parte de la población económicamente activa -hoy en sólo un dígito, aún es mucho- sin trabajo, no son desocupados, sino que están desocupados. Que incluir no es abrir un call center más, pues no debemos hacer como política económica del Estado la ampliación de este mercado con parches; sino crear mercados paralelos, distintos, fuera de la vorágine capitalista. Pensar una pedagogía que comience por el sí, sin enseñar desde el no, en la que la construcción del conocimiento sea dialéctica, desterrando las clases magistrales de, ahora sí, un pseudo intelectual con aires de bronce. Saber que ya no nos conformamos con “obreros y estudiantes”, sino sumamos a esto obreros que sean, o hayan sido, estudiantes.
Año de elecciones: Sí. CFK: Sí.
Nuestro piso es lo conseguido; pero, atención, esta vez no nos detendremos: Vamos Por Todo.
La batalla cultural ya comenzó. ¿De qué lado vas a estar?
Hasta La Victoria Siempre.

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